La esquina de Poché de Heberto José Borjas




LA ESQUINA DE POCHÉ

La pobre Hannah en el exilio





No todo buen debut literario cuenta con el apoyo de una editorial consagrada que invierta en promoción y distribuya un tiraje considerable a nivel internacional. El nuevo autor que cuente con ello puede considerarse en extremo afortunado. Gracias a las artes del efectivo marketing y debido a que el libro objeto de esta columna versa sobre el drama judío causado por el Holocausto (tema que en mi siempre ha causado una abrasiva curiosidad), a mis manos llegó con altas expectativas la novela de Armando Lucas Correa La niña alemana, publicada por Ediciones B, sello no hace mucho adquirido por el gigante Grupo Penguin Random House. La reverberación de la dominación nazi en la Europa de los años 40 quedará para el resto de nuestras eras como una de las supremas lecciones del peligro que involucran las ínfulas de grandeza de los líderes inicuos, los pueblos obnubilados de patriotismo que los apoyan, y la lógica consecuencia: los conglomerados que terminan subyugados bajo su bota. Y es entonces cuando la trama de La niña alemana se torna universal en sus componentes aleccionadores, sea cual sea la lectura que se le dé al episodio del hostigamiento, humillación y exterminio de judíos y otras minorías europeas execrables para el régimen encabezado por Hitler, Himmler, Goebbels y compañía.

El año 1939 marca un antes y un después para muchas familias judías de la Europa central, sobre todo para la de Hannah Rosenthal, una chiquilla de doce años normal dentro de los de su clase en la Berlín dominada por el poderío nazi, con un amigo inseparable llamado Leo y una certidumbre de que se ha enrarecido el ambiente luego de la fatídica y memorable Noche de los Cristales Rotos. Los alemanes de origen judío son tildados de sucios y desconfiables, sindicados de ser responsables de la decadencia moral y la debacle del proletariado alemán durante los años siguientes al Tratado de Versalles. El gobierno insertó en el ciudadano común el repudio contra el judío recurriendo a la lucha de clases y a la xenofobia. Entonces ser judío era sinónimo de ser culpable de los males de la nación. Y los padres de Hannah toman la decisión de huir a América antes de que sea muy tarde: el plan es embarcarse a Cuba, permanecer allí de manera temporal, y luego tomar camino a Nueva York.

La obra describe con evidente maniqueísmo la condición de un grupo acosado por las prácticas de un gobierno ensañado que los quiere neutralizados de cualquier manera. Los judíos en esta historia son los buenos, los que luchan por mantener la dignidad en medio del marasmo, evidentemente, y los nazis los malos que los persiguen, desaparecen y matan a placer. Es difícil no concebirlo de esa manera aun para el más imparcial análisis. Setenta y cinco años después, Anna, una descendiente de aquella Hannah emprende un viaje a Cuba para reencontrarse con el pasado de su estirpe, del cual apenas tiene indicios representados en fotos que le han llegado por correo a su hogar en Nueva York. Y entonces las dos historias contadas por dos narradoras diferentes se juntan hasta darnos una visión completa del destino de la atormentada Hannah y su familia en su desesperada búsqueda por vivir lejos de los tentáculos que un régimen que los ha proscrito y humillado hasta los niveles más degradantes.

Desde mi punto de vista la novela mantiene un ritmo lento al principio, quizá por la intención del autor de embeber al lector en el tenso contexto de la Berlín de fines de los treinta o debido a una tendencia (o necesidad) de las narraciones de corte histórico que requieren cierta cantidad de paginas para demostrar la erudición sobre la época descrita con el fin de hacer verosímil toda la narración, incluso en caso de que el escritor no se tome demasiadas licencias y reproduzca hechos y contextos sin fundirlos con la ficción pura. Al respecto, Gabriel García Márquez, hizo un comentario afín, a propósito de la preparación de su novela El general en su laberinto, cuando afirmó que en la novela histórica se puede inventar cualquier cosa a condición de que los hechos públicamente conocidos se reproduzcan con la exactitud con que se han registrado por los historiadores. El primer tercio de La niña alemana podría haber durado menos, al juicio de un lector más ávido de ritmo, pero el resultado final muestra que Correa se dedicó a una investigación profunda con tal de dar con un relato robusto en cuanto a ambientación. Pero es el último tercio de la novela el que, a mi juicio, aumenta en velocidad y lirismo con respecto a las casi 300 paginas precedentes.

La tendencia a la incertidumbre y desdicha del migrante es un elemento que predomina en la novela. Inexorable sensación dada la penosa diáspora judía en los años cuarenta, fenómeno que desmembró familias y que motivó una valiosa fuerza de trabajo y emprendimientos exitosos que contribuyeron a la diversidad de la riqueza económica y cultural de toda América, porque hasta los mismos dirigentes nazis, con documentos falsos de identificación, encontraron en el nuevo continente su refugio. Es innegable que la evolución fatídica de un esperanzador plan inicial es el mayor logro de esta novela de lenguaje pulcro que va de menos a más. Con Leo, el mejor amigo de Hannah (ocurrente y avispado), presenciamos un personaje secundario de esos que se roban el show y uno como lector desea que tengan más presencia en la narración. La descripción de la Cuba antes y después de la revolución castrista lucen ineludibles, recuerden la naturaleza cubano-americana de Armando Lucas Correa. El contraste de situar a Hannah y a su madre en medio del Caribe es un componente acertado con el que presenciamos otro nivel de drama no menos incómodo, que no es otra cosa que la adaptación a un ámbito disímil (donde descubre nuevas frutas, calores insoportables y hasta tiene una historia de amor) que en determinado momento pasa por turbulencias políticas como aquellas que provocaron el exilio.

En una imaginaria escala del 1 al 10, donde 1 es una pésima novela y el 10 equivale a una perfecta, yo calificaría La niña alemana con un 7. Y para ser un debut literario no está nada mal.